El Club de los Mentirosos Patrocinados
Marco Polo e Ibn Battuta no se conocieron. Pero si lo hubieran hecho, en una posada perdida, la conversación habría sido... gloriosamente sarcástica. #ViajesConSospecha #LosCrónicasExageradas #PoloVsBattuta #HistoriasQueNoMeCreo
Imaginen la escena: una posada polvorienta en algún lugar de la Ruta de la Seda que no aparece en ningún mapa decente. En un rincón, dos tipos con ropas exóticas y una expresión de perpetuo asombro fingido se miden con la mirada. Uno huele a incienso y promesas de la corte de Kublai Khan. El otro a arena del desierto y a historias de diez esposas que probablemente ni recordaba. Sí, nuestros héroes: Marco Polo, el veneciano que vio dragones (o tal vez cocodrilos grandes, pero los dragones venden más), e Ibn Battuta, el tangerino que juró haber viajado 120,000 km sin Google Maps ni una sola queja sobre el servicio de habitaciones.
Aquí empieza lo bueno: No se hablan de entrada. Se observan. Cada uno reconoce al otro el mismo aura de fabulador profesional. Marco da un sorbo a su vino, agrio. Ibn Battuta desvía la mirada, murmurando una oración. El hielo se rompe cuando Marco saca un pedazo de papel y empieza a garabatear con carbón. "¿Eso es un mapa?" pregunta Battuta, fingiendo interés educado. "Es el plano de la Ciudad de Dios, en el reino de Zipangu," responde Marco, sin levantar la vista. "Tiene puentes de plata y techos de porcelana. Me llevó años describirlos todos." Ibn Battuta sonríe, saca un higo seco de su bolsa y dice: "Interesante. Yo una vez describí la peregrinación a La Meca con tantos detalles que los imanes lloraron. Y a la vuelta, narré un viaje por el Nilo montado en una alfombra voladora prestada por un místico. Buen tipo. Murió de aburrimiento después."
Pero cuidado, porque aquí viene el verdadero juego. Marco se inclina. "¿Alguna vez te pidieron que describieras... un espagueti? Los patrocinadores, ya sabes. Mi libro no se iba a vender solo con historias de administradores mongoles eficientes." Ibn Battuta asiente con gravedad, como si le hubieran confesado un secreto de estado. "¿Patrocinadores? Todo mi viaje fue una nota a pie de página patrocinada por la generosidad de sultanes a los que, casualidad, alabé hasta el éxtasis en cada capítulo. 'El más magnánimo, el más espléndido'... repetía hasta en los sueños. ¿Tú crees que alguien habría leído 'Ibn Battuta pasa tres años en una aldea perfectamente normal, comiendo lentejas'? Por Alá, no."
El clímax llega cuando el posadero, un tipo con una sola ceja y escepticismo a granel, les pone otra jarra frente a ellos. "Así que," dice, limpiando un vaso con un trapo dudoso, "ustedes son los famosos. El que vio unicornios (rinocerontes, hijo, eran rinocerontes) y el que se casó en cada oasis. ¿Una pregunta: cómo recordaban todos los detalles?" Marco y Battuta intercambian una mirada, una de esas miradas que crea sociedades secretas. Marco suspira. "Querido posadero: cuando escribes para el público, no vendes geografía. Vendes sueños. Vendes la idea de que ahí fuera hay un mundo tan absurdo, tan rico y tan increíble, que hace que mirar la pared de tu casa de campo en Venecia o Tánger sea un suplicio." Ibn Battuta asiente y añade: "Exacto. Mi diario no es un itinerario, es un espejo. Si cuentas que viste hombres que se alimentan del olor de las manzanas, el lector no duda del dato, duda de su vida aburrida. Y eso es poder."
Y en el desenlace, se levantan para irse. Cada uno hacia un nuevo destino, una nueva exageración que anotar. No se dicen sus nombres. No hace falta. Al salir, el posadero murmura, más para sí mismo: "Así que mentirosos. Pero de los buenos, de los que te hacen querer creer que hay puentes de plata y alfombras voladoras." Y eso, querido público, es el verdadero legado de los grandes libros de viaje: no nos dicen cómo era el mundo, nos dicen lo desesperados que estamos por que el mundo sea maravilloso, aunque sea a costa de unos cuantos... ajustes narrativos. Fin. O, como diría Battuta: "Y de allí, seguí mi camino, bendecido por la curiosidad de los crédulos."
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